

ANÁLISIS
Su humor ácido (apto para niños) pero orientado a un público adulto causó sensación desde sus primeras emisiones.
El universo de los Simpsons es amplio. Está formado por cientos de personajes, cada uno con un perfil muy definido. Su objetivo: parodiar a la sociedad por entero. Y podemos encontrar para casi cualquier situación un personaje que le da vida dentro de la serie.
El tono de la serie ha sufrido transformaciones, siendo añorado por muchos el tono más ácido de las primeras temporadas, así como sus historias más basadas en las características propias de los personajes principales.
El cambio puede notarse incluso en el dibujo. Las primeras emisiones sorprendieron por sus trazos duros, casi infantiles, que contrastaban con la agudeza de la propuesta. No necesitaban un envase más sofisticado. Ahora, por el contrario, podemos ver cómo la película se basó en las mejores técnicas de animación en 3D.
Sus escritores se definen en su mayor parte de izquierdas y eso se refleja en el tipo de humor, que sin llegar a ser radical pone siempre al desnudo los despropósitos del sistema.
La serie siempre intentó conectar con la realidad. Contiene numerosos guiós, aunque mejor entendidos por los televidentes de Estados Unidos. Su doblaje al lenguaje Hispanoamericano hace que muchas críticas se pierdan, ya que en esta región los temas tratados no afectan y no interesan tanto al televidente.
El nombre de la ciudad, Springfield, no es una casualidad. Hay al menos cinco Springfield en los EEUU. La ubicación en el mapa nunca se devela en la serie. La intención es representar cualquier familia y cualquier ciudad.
La sátira ayuda a mostrar la locura de este mundo. Un personaje más es la televisión: es un miembro más de la familia, querido y respetado por todos. Bart, un niño problemático cuyo comportamiento también es un producto del entorno alienante. Homero es el típico americano promedio, cuanto más bruto mejor, con un gran corazón y un gran estómago del que es esclavo. Marge asume los valores familiares tradicionales, aún a costa de su anulación personal...
Si salimos a la calle, nos encontramos con una policía corrupta, además de incompetente. El político local, robando con su mejor sonrisa. La educación escolar es incapaz de conectar con sus alumnos: un director ingenuo y una plantilla docente totalmente apática. En el lugar de trabajo aparece el Sr. Burns, el arquetipo perfecto del capitalista. En la televisión, Krusty, un payaso semialcohólico que en vez de hacer sonreír y emocionar a los niños, dirige una industria millonaria de entretenimiento, merchandising y hamburguesas.
Los niños se salvan, pero solo en parte. Cada uno muestra de qué manera le afecta la sociedad: las hermanas gemelas reproduciendo el status quo; Milhouse aceptando el fracaso antes de que suceda; Nelson intentando devolver la cachetada. Bart blande siempre su rebeldía (diría que es de los más sanos del show) y Lisa… bueno, ella es la excepción pensante. La mayoría de las veces es la que defiende algún principio contra todo Springfield. Pero hasta ella cae en los tópicos americanos. En la primera temporada un estudiante de intercambio le dice: “¿Cómo puedes defender un país donde el 5% de la gente controla el 95% de la riqueza?”. Lisa responde: “Defiendo un país donde cada uno puede pensar y obrar como quiera”. Homero, en uno de sus inexplicables momentos de lucidez, los reconcilia sin inmutarse: “Quizás Lisa tiene razón en que ésta es la tierra de las oportunidades, y quizás Adil acierta en que la maquinaria del capitalismo está engrasada con la sangre de los trabajadores”.
Los Simpsons serán sólo un dibujo animado, pero con sus simples trazos logran quitar algunas capas de hipocresía de esta sociedad.